Paco de Lucía, la guitarra que cantó

Paco de Lucía estaba en único de esos periodos suyos de receso de la guitarra, su luz y su penumbra, su tesoro y su martirio. Necesitaba olvidarse de ella durante largas temporadas para después volver a reconciliarse con los callos de sus manos, porque esa «hija de la gran puta», como él la llamaba una y otra vez, había conseguido vencerle.

La bajañí que heredó de su padre, Antonio Sánchez Pecino, mientras su madre, Lucía la portuguesa, le hacía pucheros en su pequeña vivienda del cifra 8 de la vía San Francisco de Algeciras, fue para Francisco Sánchez Gomes, Paco de Lucía, un eterno sinvivir. Por eso se fue a México.

Allí descansaba de ella. De lo que ella significaba. De la personas, de la presión de tener que crear siempre algo reciente porque la labor ya compuesta era agua pasada, de su ofuscación por romper permanentemente las formas, de la ingratitud de las seis cuerdas con sus manos, que ya no tenían el vuelo de mariposa de la juventud.

A Paco le dolía que esas tripas tensadas fueran tan desagradecidas con él. Porque él las sacó de las ventas, de los cuartos, de las juergas. Él le limpió el vino que le derramaban durante las borracheras. Él recogió las astillas de las sonantas de su padre cuando los «señoritos» se la partían en una jarana.

Comentarios

Los comentarios están cerrados.

Entradas recientes